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Federico Andahazi

 

EL CEPO DE ROTONDO

Por Federico Andahazi

"Obscenidad, ignominia, trivialidad, vulgaridades iguales a las que se dicen en las tabernas frecuentadas por el vulgo: eso es a lo que llaman literatura. En vista de los males, que se dirían más devastadores que la peste, sugiero a Vuestras Excelencias se castigue con cepo y en plaza pública a quienes leyeren de las diabólicas fabulaciones contrarias a las Escrituras que por doquier surgen como pústulas. Si acaso la lectura fuese pública y oficiada por una mujer el castigo será doblemente riguroso". La sugerencia dirigida a los doctores de la Iglesia pertenece al clérigo florentino Primo Rotondo y data del Quattrocento cuando aún humeaban los rescoldos de las hogueras. Las pústulas a las cuales se refería el religioso no eran otras que las páginas del Decamerón. El primoroso cuidado que profesaba Rotondo hacia las mujeres empeñado en alejarlas del pecaminoso y vulgar acto de la lectura, era coetáneo a la aparición de los primeros modelos de ropa interior femenina: los cinturones de castidad. Pero, a su pesar,  el oscuro clérigo ponía las cosas en su justo sitio. En primer término establecía que las Escrituras no constituían un objeto del mismo orden que el Decamerón y, ergo, que jamás podrían agruparse en una misma clasificación. Hoy "el libro" se ha convertido en una entidad unívoca según la cual, por ejemplo, "La filosofía en el tocador" de Sade sería una entidad de la misma naturaleza que "Los secretos del bricolage" por el único y aleatorio hecho de que ambos elementos están facturados con papel y tinta. El poder sabe que la mejor estrategia para combatir ciertos "males" es la de sacralizarlos: es lo que se ha hecho con el libro. Pareciera ser que en la actualidad el acto de leer no es ni condenable ni vulgar como proponía Primo Rotondo; por el contrario, la lectura constituye una muestra de civilización y "buen pensar". Leer queda socialmente bien. No importa qué. Cualquier cosa que presente la forma de un libro es contabilizado por las estadísticas a cuenta de otra entelequia: "la cultura". Por añadidura los encuestadores creen haber hecho un descubrimiento: que son las mujeres quienes marcan los rumbos del "consumo" en la cultura. Resultaría fácil  improvisar una explicación demagógica del fenómeno ensayando un encendido elogio de las mujeres y de su importancia en el curso de la cultura. Sin embargo prefiero abstenerme, no porque crea que las mujeres no merezcan una apología ni tampoco lo contrario. Quiero decir: en tanto escritor me importa poco lo que señalen las estadísticas. Así como el clérigo florentino establecía una primera clasificación entre la naturaleza de los objetos de lectura según su santidad y de los sujetos que la ejercían de acuerdo a su sexo, parece oportuno continuar en la misma dirección y señalar que el lector está en las antípodas del mercado. Las estadísticas, quizá la más moderna herramienta de control social -en apariencia menos brutal aunque tan eficaz como el viejo cepo-, tienen por función  la de silenciar. Así la multiplicidad de voces y opiniones queda reducida a un puñado de fragmentos. Operación tautológica que encierra la respuesta en la pregunta y que transfiere las premisas del encuestador al encuestado. Los postulados que orientan las investigaciones de mercado quedan puestas en boca de los "consultados", convirtiendo la pregunta en afirmación. El lector es otra cosa. Convertir a las lectoras en un mero objeto de consumo y parámetro de mercado, no es diferente de condenarlas al cepo que para ellas proponía el oscuro clérigo florentino.

Agosto, 2001

 

 
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