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Federico Andahazi

 

OSVALDO SORIANO, LA PIEL Y LA ROPA

Por Federico Andahazi

Conocí a Osvaldo Soriano una tarde lluviosa de 1987. Todavía recuerdo su andar cansino, la mirada afable, su voz pausada, envuelto en una nube hecha de nostalgia y humo de tabaco negro. El estaba en la cúspide de su carrera y yo era un autor inédito sin demasiadas esperanzas de publicar. Quiso el azar que un par de manuscritos de mi autoría llegara a sus manos generosas y se convirtiera en la excusa para encontrarnos a tomar un café en el bar “La Academia”, en Callao y Corrientes. A partir de entonces, Soriano se convirtió en mi maestro, leyó con infinita paciencia cada capítulo de una novela que jamás llegué a concluir y me alentó a insistir en ese trabajoso camino. El término “maestro” suele usarse como una suerte de título nobiliario, despojado de su sentido más profundo. Siempre he dicho que un maestro es otra cosa: aquel que está dispuesto a transmitir un oficio. De Osvaldo Soriano aprendí a desacralizar la literatura, a quitarle esa fatuidad que padecen tantos escritores; frente a lo sagrado no existe otra alternativa que arrodillarse y rendir pleitesía. Soriano me enseñó que una buena novela no se sustenta en la propia existencia del autor, sino en una historia fuerte, un argumento sólido que evite los espantajos del psicologismo y la autorreferencia. Me hizo ver, además, que escribir es un oficio, acaso uno de los más nobles oficios, y que poder vivir de la literatura no es un hecho vergonzante, sino un derecho al que todos los autores deberían aspirar. Durante estos años he conocido muchos mercenarios que, por monedas, venden sus convicciones en distintos medios, pero se escudan en la pureza de la literatura: son escritores. Para ellos la literatura no se negocia. Todo lo demás sí. Muchos de los críticos y colegas que desollaron vivo a Osvaldo Soriano hoy se rasgan las vestiduras vindicando, post mortem, su figura; pero claro, la piel duele, la ropa se cambia.

 
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