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Federico Andahazi

 

DIGRESIONES DE UN NÓMADA RENGO

Por Federico Andahazi

Cuando a causa de un malentendido, un par de agentes del FBI interrogó cierta vez a Jane Auer, la esposa de Paul Bowles, acerca de por qué su marido se la pasaba viajando, ella contestó: “Yo qué sé, supongo que sufre de los nervios…” Siempre he tenido esa misma mirada sobre aquellos que se ven compelidos a viajar permanentemente sin que medie una razón de fuerza mayor.
Nunca estuvo en mis planes viajar. Soy dueño de un sedentarismo kantiano: Buenos Aires es mi pequeña aldea de Königsberg y si de mí dependiera, jamás me movería de ella. Sin embargo, quiso el azar que la literatura me llevara a conocer el mundo. Así, las circunstancias me obligaron a llegar mucho más lejos de lo que jamás imaginé. Durante los últimos siete años, contra toda previsión, he tenido que organizar mi tiempo de escritura de acuerdo a los viajes que de continuo se me presentan. Antes era todo más sencillo: tenía “comprada” mi mesa junto al ventanal de algún bar de la avenida Callao y así, por las noches, cerca de mi casa y de mis cosas, escribía en mis cuadernos hasta que despuntaban las primeras luces del alba. Escribir, tomar café, fumar. Y muy cada tanto, atender algún paciente que, ingenuamente, llegaba, supongo que por error, a mi consultorio de psicoanalista en el edifico sobre el café de la Opera, en la esquina de Corrientes y Callao. Esa era mi vida de escritor inédito.
Como tantos otros (tal vez algunos no se atrevan a confesarlo), tenía la ilusa esperanza de llegar a ser un escritor editado para no tener que trabajar. Las posibilidades de que eso sucediera eran, se sabe, escasas. Resulta muy difícil acceder a la publicación y, mucho más aún, poder vivir de la literatura. Que mis libros se tradujeran y se publicaran en el exterior estaba, lisa y llanamente, fuera de mis conjeturas. Y cuando ese momento llegó, contra toda presunción de mi parte, me encontré con la sorpresa de que debía acompañar, de cuerpo presente, la salida de mi primera novela en cada uno de los países donde iba a ser publicada. Es decir, iba a tener que trabajar.
La condición itinerante debe ser semejante a vagar en el purgatorio. Lejos iban a quedar mis plácidas noches porteñas de café. Nunca habría de sospechar que pronto tendría que aprovechar las fatigosas horas de vuelo de Buenos Aires hasta Madrid, París o ciudad de México para poder completar un capítulo iniciado tal vez en Copenhague u Oslo. Jamás iba a suponer que la tediosa espera en el aeropuerto de Frankfurt sería un tiempo precioso para esbozar una idea pergeñada al otro lado de Atlántico. Pronto descubrí que era posible escribir en los lugares más insólitos. En mi afán por aprovechar hasta el último minuto de los pocos que me quedaban libres en las impiadosas agendas que preparaban mis editores, recuerdo haber hecho equilibrio para escribir, de pie, en una barcaza atiborrada de comerciantes musulmanes que cruzaba el Bósforo desde la margen europea de Estambul hasta la asiática. De espaldas a la Acrópolis, metido en mis cuadernos, a falta de un bar abierto, escribí en un almacén miserable de Atenas hasta que me echaron porque tenían que cerrar. Siempre aprovechando un instante libre, sentado contra el muro del Kremlin recuerdo haber escrito, cerca de la madrugada, en una Plaza Roja desierta, sólo transitada por perros que iban y venían. En mi lucha denodada contra el reloj y la distancia, desenfundé mi cuaderno de notas y escribí debajo del hueco abierto en la cúpula del Panteón en Roma durante el breve tiempo que separaba una actividad de la siguiente. Y de la misma forma, en el intersticio entre dos obligaciones, escribí en las frías catacumbas que yacen debajo del Domo de Florencia y en los sórdidos fondos de un prostíbulo en Barcelona; sobre un puente de Londres cercano a la Power Station entre cuyas chimeneas sobrevolara el cerdo de Pink Floyd y en un mercado de Lima; sobre los canales congelados de Ámsterdam donde la gente patinaba y encerrado accidentalmente en el ascensor de un hotel de Caracas.
Siempre sostuve que la literatura sustituye el acto de viajar. Mi primera novela, El anatomista, transcurre entre Venecia, Florencia, Roma y Padua. Nunca había estado en Europa. Y sin embargo, mientras reconstruía aquellos escenarios en el papel, experimentaba la vivencia cierta de estar recorriéndolos junto a mis personajes. Y, paradójicamente, me tocó conocer Italia presentando el libro. Debo confesar que cuando recibí la invitación de mis editores italianos entré en pánico. Una cosa era presentar mi obra, por ejemplo y sin desmerecer, en Venado Tuerto, y otra en aquellas ciudades que osaba describir sin haberlas pisado jamás. Pero no bien llegué a Roma tuve la impresión de estar visitándola por segunda vez. Entonces pude comprobar aquella trillada obviedad que, sin embargo, nunca deja de maravillarnos: que la experiencia literaria termina confundiéndose inexorablemente con la realidad (cuántas veces nos hemos esforzado en diferenciar el recuerdo de una ciudad verdadera de la invención de una de las ciudades fantástica de Italo Calvino). Y de hecho, al transitar los canales de Venecia o las calles de Pula, en Croacia, no podemos evitar preguntarnos si fueron construidos con el rigor del ladrillo o con la levedad de la pluma de un escritor.
Debo admitir, pese a todo, que los más gratos recuerdos que conservo también se los debo a los viajes. La posibilidad de reunirme en algún congreso con mis pares provenientes de los lugares más remotos y, pese a la distancia y la diversidad de idiomas, sorprendernos hablando de los mismos libros, coincidir en el elogio de ciertas páginas e intercambiar opiniones sobre lo que cada uno está leyendo o escribiendo, es un privilegio inestimable. Entonces uno va descubriendo que la obra propia es una suma de gratitudes. A Rosa Montero le debo el primer párrafo –a mi juicio el primer párrafo es el más importante en todo relato- de mi segunda novela, Las piadosas; fue ella quien, en un encuentro literario en Gijón, durante un almuerzo en una fonda que olía a sidra asturiana, me supo aconsejar después de poner a su consideración algunos papeles maltratados. Debo agradecerle a mi entrañable amigo chileno, Hernán Rivera Letelier, el rumbo argumental de mi próximo libro; él me dio su serena opinión mientras charlábamos a la sombra de las ruinas de un teatro en medio del desierto pampino, en una escapada de la facultad de letras de Antofagasta, cuyo rector me invitara a dar unas conferencias. Quizá haya nacido algún párrafo de una breve aunque fructífera conversación con Milan Kundera, a quien conocí en Copenhague, cuando la casualidad nos reunió en aquel que fuera el colegio donde estudió Soren Kierkegaard, edificio convertido ahora en la editorial Gildendal, nuestra casa editora en Dinamarca. Pero tal vez el encuentro más inesperado y el que me reconcilió con los viajes, fue el que tuvo lugar en un congreso organizado por la UNESCO en París. Una tarde, después de un acalorado debate político, había decidido salir a fumar a los jardines del edificio, cuando uno de los coordinadores de mi grupo, que también se había escapado del recinto, me dijo:
-Quiero que conozcas a alguien.
Sin decir más, me condujo por un pasillo laberíntico hasta las puertas de lo que parecía ser un despacho. Sin anunciarse, entreabrió una de las hojas y le dijo unas palabra a alguien que estaba fuera de mi vista. Hasta entonces no le había otorgado ninguna importancia al asunto, conjeturando que debía tratarse de algún funcionario o tal vez un diplomático, de los que abundaban en el congreso. Por fin me hizo pasar, me presentó, estiré la mano automáticamente y cuando distinguí las facciones de aquel que se recortaba contra una ventana delante del fondo panorámico de París, no pude pronunciar palabra. Era Gabriel García Márquez. Hice un esfuerzo por decir algo pero, en ese mismo momento, comprendí que no sólo sabía él quien era yo, sino que estaba comentando un pasaje de mi primer libro. Volví a intentar emitir un sonido pero de pronto el don del habla me había abandonado. Habló durante unos diez minutos y por toda respuesta recibía un balbuceo afónico y una sonrisa estúpida. Debió haber pensado que yo padecía algún problema neurológico. Sin embargo, recuerdo cada una de sus palabras. A aquel encuentro providencial le debo el nacimiento de mi tercera novela, El príncipe, que no es otra cosa que un modestísimo homenaje a El otoño del patriarca. En el curso de ese viaje descubrí el profundo sentido de la palabra “maestro”. Esa misma noche posterior al encuentro, en un hotel de Montparnasse, puse manos a la obra.
Al término de aquel congreso en París debía viajar a un encuentro de jóvenes escritores iberoamericanos en Madrid. No sospechaba que el reciente encuentro con García Márquez iba a prestarme argumentos para una áspera discusión que habría de desatarse en una de las mesas redondas de las que me tocó participar. Durante su ponencia, Alberto Fuguet esgrimió su vieja posición político-literaria en defensa de la “Macdonalización” de la literatura, consecuente con la antología que titulara Mc. Ondo, en contraposición al realismo mágico, cuyo paradigma se resume en el término Macondo y, por lógica transitiva, a favor de la “literatura chatarra”. En la línea de siempre, Fuguet se mostró partidario de ejercer un parricidio simbólico; es decir, matar al padre literario (García Márquez, obviamente), para poder desarrollar una literatura propia, desembarazada del peso de la tradición. Cuando llegó la hora de mi ponencia, argumenté que la historia reciente de nuestros países no admite semejante parábola; habida cuenta del genocidio real que produjeron las dictaduras en nuestro continente no podía hablarse de ningún parricidio metafórico. Nuestros padres literarios, Aroldo Conti, Rodolfo Walsh y tantísimos otros ya habían sido asesinados en realidad y sería obra de la perversión volver a matarlos in memoriam. Creo que nuestra generación, huérfana de padres literarios, debería , al menos, rendirles un respetuoso homenaje.
No se cómo llegué hasta aquí. Quizá deba disculparme por esta sucesión de digresiones, producto, tal vez, de los viajes que mediaron entre cada uno de los párrafos de estas notas que empecé a garabatear en el aeropuerto de Barajas, que luego retomé en un café de las ramblas de Barcelona y a las que me apresto a ponerles punto final ahora que acabo de aterrizar en Buenos Aires.

 
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