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Federico Andahazi

 

JUAN-JACOBO BAJARLÍA, EL FABRICANTE DE MONSTRUOS

Por Federico Andahazi

Con frecuencia suele utilizarse el término “maestro” como si se tratara de una suerte de título nobiliario, de distinción honorífica o, peor, de un certificado de senectud. Un maestro, lo sé, es otra cosa. Un maestro es aquel que tiene la generosidad de transmitir un oficio, un saber, y está dispuesto a admitir discípulos. El mundo de los cenáculos literarios, las capillas y camarillas es un ámbito pequeño y mezquino. Un mundo en el que no hay maestros ni discípulos porque la generosidad, la gratitud y el reconocimiento del talento ajeno, sencillamente, no existen. Juan-Jacobo Bajarlía fue víctima de aquel mundillo mezquino por haber sido, en el sentido más amplio y profundo del término, un maestro. Yo tuve el inmenso privilegio de que me admitiera como su discípulo, al mismo tiempo que la Venerable Academia me negaba todo derecho de admisión y permanencia. La misma Academia que antes me premiaba y me palmeaba la espalda cuando era un autor inédito. La misma que ignoró deliberadamente a uno de nuestros más singulares escritores y, sin dudas, el más emblemático en su género: Juan-Jacobo Bajarlía, así, con el guión, tal como a el le gustaba escribir su nombre.
Cuatro han sido mis maestros: tuve la enorme fortuna de conocer a Gabriel García Márquez durante el invierno parisino de 1999. Fue él quien me enseñó que para ser heredero de una generación no hay que cometer parricidio, tal como proponían muchos autores jóvenes que se sentían víctimas del llamado “Boom latinoamericano”. Estos escritores, que pretendían reemplazar a Macondo por Mc Donald’s, quizá no advirtieron cuán desafortunado resultaba hablar de parricidio en países que, como los nuestros, sufrieron genocidios atroces. Autores como Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Antonio Di Benedetto, entre tantos otros secuestrados o asesinados por la dictadura, fueron nuestros padres literarios y, como tales, antes que volver a matarlos, estamos obligados a rendirles homenaje.
No vacilaría un segundo en reconocer en Bajarlía a uno de mis padres literarios.
De Osvaldo Soriano, otro de mis maestros, aprendí a desacralizar la literatura, a bajarla de aquel inalcanzable pedestal marmóreo que aleja a los escritores de la gente. Roberto Fontanarrosa fue quien me enseñó que la literatura es un oficio, acaso el más noble de los oficios, y que ningún escritor debe permitir que se lo acuse por la elemental y simple razón de vivir de su trabajo y de su vocación: escribir.
De Juan-Jacobo aprendí a leer. Siendo yo un adolescente que buscaba el rumbo de la existencia en las librerías de la calle Corrientes, el azar hizo que tropezara con un libro de cuentos fantásticos y de terror recopilado y prologado por Bajarlía. Así, a las lecturas juveniles de Arlt y Dostoyevski, de Kafka y de Jack London, se sumaron las de John Collier, M.P. Shiel, John Metcalfe, H.P. Lovecraft, August Derleth, Robert Bloch, Frank Gruber y, por supesto, del mismo Bajarlía.
La vida, en ocasiones, es generosa. Quiso el destino y la fortuna que finalmente conociera a aquel que, durante mi juventud, me condujera por los oscuros pasadizos de la literatura fantástica, policial y de terror, tan menospreciada por los iluminados de siempre. He sido un verdadero privilegiado al haber podido compartir con Juan-Jacobo Bajarlía largas horas de café. Tuve el invalorable honor de haber sometido a su consideración muchas de mis más queridas páginas.
Los libros escritos por un autor no constituyen un patrimonio sino, al contrario, una deuda. A cada uno de mis maestros le debo una novela ya que, de no haber sido por ellos, jamás hubiesen sido concebidas. A García Márquez debo mi libro “El príncipe”, a Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa, “Mapas del fin del mundo”, un folletín escrito en colaboración con los lectores del diario Clarín, y a Juan-Jacobo Bajarlía uno de los libros para mí más entrañable: “Las piadosas”. Tanta ha sido la influencia de mi maestro, que me he permitido incluirlo como uno de los personajes fundamentales de la novela. Que el mismo Bajarlía haya accedido a convertirse con su propio nombre, en un personaje de un texto de mi modesta autoría es para mi un orgullo y un honor. Nunca le he agradecido lo suficiente el hecho de que, además, haya querido ser el presentador del acto cuando se publicó “Las piadosas”.
Permítaseme evocar al Bajarlía que yo conocí. Todavía recuerdo su voz grave, su decir pausado y su memoria siempre agradecida. Era dueño de uno de los más raros talentos, un arte acaso más difícil que aquellos que dominaba con tanta maestría, más complejo que el ensayo y la narrativa, más difícil que la poesía y el oficio del antólogo; me refiero al efímero arte de la conversación, aquella disciplina superior que no deja registro más que en la memoria. Juan-Jacobo Bajarlía era un conversador memorable. Y allí radicaba su virtud como maestro. Yo podía pasarme horas escuchándolo durante nuestros encuentros en el bar La Academia o en La Opera. Su vastísima erudición siempre estaba matizada con una sutil obscenidad.
La voz de Bajarlía era aquella que siempre imaginé para los oráculos griegos. Oír a mi maestro era establecer un contacto mágico y a la vez tenebroso con el panteón de la literatura universal. La voz de Juan-Jacobo era caudalosa porque en ella estaban contenidas las voces de Poe y de Potocky, las de Sade y Marechal, la voz de Hoffman, la de Borges y tantas otras indescifrables, desesperadas, terroríficas pero unidas todas en la oscura belleza de aquellos que buscan un lugar en el universo.
Evoco la voz de mi viejo maestro y me digo, entonces, que la literatura, todavía es posible.

 
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