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Federico Andahazi

 

SOBRE TRENES Y LIBROS

Por Federico Andahazi

Soy dueño de un sedentarismo kantiano. Si de mí dependiera, jamás me movería de Buenos Aires. He pasado la mayor parte de mi vida observando el estrecho mundo que se ofrece al otro lado de los ventanales de los bares porteños. Un tren acaso sea lo más semejante a un café, sólo que sus ventanas, en lugar de reflejar el aciago paisaje de nuestros propios pensamientos, nos permiten escapar, aunque sea durante el tiempo del viaje, del acoso de estas oscuras ideas. En el curso de los últimos diez años he viajado mucho más de lo que hubiese querido. Además de mi escasa disposición hacia el viaje, cada vez odio más intensamente los aviones y los aeropuertos. Si existiera un tren transoceánico prescindiría por completo de los vuelos.
Cada vez que mis editores extranjeros me invitan a presentar algún libro, intento convencerlos de que se apiaden de mí y me permitan, al menos en las giras dentro de las fronteras de cada país, unir las distintas ciudades en tren. Sin embargo, pocas veces me han concedido esa gracia. Recuerdo como una grata excepción a mi editor de Croacia. Luego de una agotadora gira que se inició en Buenos Aires, había abarcado París, Estambul, Atenas, Roma, Florencia, Venecia, Viena, Praga, Brno y Budapest, llegué a Zagreb exhausto. Quizá como un gesto de piedad o tal vez porque le resultó, también a él, una suerte de oasis en medio de su rutinaria existencia, mi editor croata aceptó acompañarme a mis siguientes destinos, Karlovak y Pula, cambiando los pasajes de avión por unos boletos de tren. Fue uno de los viajes más tristes, y a la vez más gratos de los que guarde memoria. Salimos de Zagreb una tarde lluviosa y muy fría. El tendido de la redes ferroviarias suele recorrer las entrañas de las ciudades y, acaso, nos muestre su intimidad, los secretos que los funcionarios de turismo tal vez quisieran mantener ocultos: barrios marginales y suburbios sumidos en la pobreza contrastaban con aquel panorama orgullosamente europeo del centro comercial de la ciudad. Luego, poco a poco, los poblados, cada vez más bajos, empezaban a difuminarse hasta convertirse en campos y sembradíos. Aquellas praderas tan diferentes de nuestro paisaje pampeano que, liso y llano, se nos ha hecho natural siendo tan extraño e insólito. Y luego, una recorrida sumaria por los rostros de mis compañeros de vagón para confirmar mi condición de extranjero. Rostros de mejillas rojas, expresiones de una resignación diferente, de un sufrimiento distinto, cuyo origen pronto iba a descifrar.
Había dormido con un sueño liviano y me desperté, ignoro por qué, con una inquietud imprecisa. Despuntaba la madrugada cuando el tren inició su ingreso lento a Karlovak y yo trataba de despabilarme. Miré al otro lado de la ventanilla y tuve la horrorosa impresión de que, en realidad, todavía seguía durmiendo y no podía despertar de una pesadilla. Era un paisaje aterrador: allí estaban las casas y los edificios pero habían sido despojados de sus frentes. Como si fuesen enormes casas de muñecas, podía verse el interior de los dormitorios con sus camas y mesas de luz, las salas de estar con sus modestos sillones y las cocinas con sus mesas prolijamente puestas. Y a medida que el tren avanzaba, pude ver, incluso, un matrimonio de ancianos que desayunaba como si estuviesen en la intimidad. Tardé en comprender que aquellos eran los vestigios de la guerra. Le pregunté a mi editor para qué me llevaba a una ciudad destruida, a quién podía importarle un libro en medio de semejante devastación. Si ese era el aspecto de las casas, ni siquiera había que hacer esfuerzos para imaginar a sus habitantes, aquellos que habían sobrevivido. Me parecía un acto de frivolidad ir allí a presentar una novela. Mi editor, mientras bajábamos del tren, por toda respuesta, me sonrió con una expresión benévola. De la estación fuimos directo a la librería donde se haría la presentación. Para mi estupor, aquel local, cuyo frente también mostraba los rigores de la guerra, estaba repleto de gente ávida de que le contaran historias.
Ese día comprendí que así como las ventanillas de los trenes nos permiten ver más allá de nuestros oscuros pensamientos, los libros hacen que los lectores pueden escapar del horroroso peso de la realidad y conocer mundos que hagan soportable la existencia.

 
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