Inicio - Federico Andahazi Biografia - Federico Andahazi Libros - Federico Andahazi Prensa - Federico Andahazi Fotos - Federico Andahazi Lecturas - Federico Andahazi Novedades - Federico Andahazi Contacto - Federico Andahazi english version
spacer  

Federico Andahazi

 

El camino de los sueños.

Por Federico Andahazi.

Alguna vez fui psicoanalista. Alguna vez me psicoanalicé. Afortunadamente he abandonado ambas actividades a tiempo. No es casual que conserve muy pocos recuerdos de mi tránsito por el psicoanálisis a uno y otro lado del diván. Finalmente, Freud solía definir la memoria a partir del concepto opuesto: el olvido. Por otra parte, hablar de mi propia experiencia analítica me obligaría a eludir no sólo la férrea barrera del olvido sino, sobre todo, la del pudor. Me adelanto a decir que lo que habré de relatar es un rodeo para tocar, apenas, las orillas tortuosas de lo más inconfesable de mi persona.
Un análisis es lo opuesto a un relato, en la medida en que la prosa sobre la que se construye no se sostiene en la lógica lineal de una narración, sino, al contrario, en la azarosa regla de la asociación libre. Omitiré revelar el nombre de quien fuera mi analista, aunque es necesario señalar que su primer oficio es, también, el de escritor. Este dato no es secundario, ya que lo que habré de contar gira en torno a mi relación con la literatura.
Nunca habría de sospechar que un sueño, lejano y en apariencia trivial, se convertiría, muchos años después, en la semilla de una novela. Acaso no lo supe hasta el momento en el que me decidí a escribir estas líneas. Lo recuerdo como un sueño feliz, velado, sin embargo, por un manto perturbador.
Tendido en el diván, lo evocaba con la extraña claridad que tiene los sueños: yo estaba frente a un caballete que sostenía un enorme lienzo en blanco blandiendo un pincel y una paleta. Me disponía a mezclar los óleos y esparcirlos sobre la tela. Luego comenzaba a pintar con soltura y naturalidad, como si realmente me hubiese sido dado el don de la plástica. Preparaba los colores con la precisión de un maestro. Mi mano iba y venía por la superficie del lienzo segura y rauda. No recordaba qué era lo que estaba representando; ni siquiera lo había considerado. Lo más notable del sueño era que podía pintar con una habilidad que, fuera del universo onírico, jamás había tenido. Y entonces recordé el título con el que había bautizado a la obra: “Una novela”.
Cuando mi analista me instó a asociar, inmediatamente hice alusión al título: en aquel entonces, siendo un adolescente, me esforzaba por darle forma a mi primera novela. Era una batalla cruenta en la que, con mis escasas armas de escritor en ciernes, me sentía derrotado frente a la indiferencia de mi vieja máquina de escribir: no podía avanzar más allá del primer capítulo.
Conjeturé que aquella facilidad para pintar era la recompensa onírica por la tarea literaria que se me presentaba imposible. Sin embargo, mi analista me recordó la figura de mi abuelo, un reconocido pintor húngaro al que yo admiraba hasta la devoción. Era cierto: aquella destreza para esgrimir los pinceles era la de mi abuelo. Durante mi infancia solía verlo trabajar en su atelier y no cabía en mi asombro y admiración ante su talento. Recordé entonces que, cuando era chico y me preguntaban qué iba a ser cuando fuera mayor, yo respondía sin titubear: “pintor”. De hecho, llegué a estudiar pintura aunque con poco rigor y disciplina. La figura de mi abuelo era tan avasallante que me resultaba un obstáculo mucho más que un aliciente. Viendo que jamás iba a alcanzar su talento, aquella vocación infantil había quedado trunca. Pero seguía sin dilucidar cuál era el misterioso motivo del título: “Una novela”. Entonces, mi analista me señaló el nombre de mi abuelo: Béla, un nombre extraño por estas tierras pero muy común en Hungría. Aquella certera intervención transformó de pronto “Novela” en “no-Béla”, es decir, el enunciado de mi temprana vocación frustrada: nunca sería como mi abuelo Béla.
Por una parte, el sueño me permitía dar curso al deseo infantil que había traicionado y, por otra, poner manos a la obra en aquella primera novela que significaba mi iniciación en las letras. La habilidad para pintar se transformaba en una súbita facilidad para “escribir” una novela sobre el lienzo.
Omitiré, por obvias razones, recorrer en este relato otros oscuros senderos por los que me condujo la interpretación del sueño. Aquella remota e inicial novela (que finalmente, con mucho esfuerzo, pude concluir pero que jamás he querido publicar), se convirtió en un pequeño y para mí entrañable libro de cuentos que se llama El oficio de los santos. Es decir, la condición para que el que el libro viera la luz de la edición fue que dejara de ser una novela o, mejor dicho, una “no-Béla”. Mi vocación por la pintura quedó así definitivamente sepultada debajo de muchos otros libros.
Pero descubro ahora, después de muchos años, que aquel remoto sueño era, también, la semilla de otro libro, El secreto de los flamencos, que narra la increíble guerra desatada entre los pintores florentinos y los de Flandes por conseguir el secreto del óleo perfecto. Sin que el lector lo advierta, esta novela alude a la íntima disputa entre mis dos grandes pasiones: la pintura y la literatura.
Y creo haber podido, por fin, reconciliar ambos elementos cumpliendo el viejo sueño de pintar una novela.

 
International Rights
Librerías
e-books
Tematika
Tematika Librerias Santa Fe
iTunes movistar e-books bajalibros Casa del Libro Lecturalia