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Federico Andahazi

 

EL PADRE DE LA CRIATURA

por Federico Andahazi

Estas notas son hijas del estupor; de la extraña y escalofriante impresión que, de tanto en tanto, nos provoca el repetido descubrimiento de que la ficción está construida de misteriosos despojos, de fragmentos de memorias ajenas y, casi siempre, irreconocibles. Lo que sigue es el absorto relato de una sucesión de hallazgos que confirman que todo texto no es más que una pieza que, más tarde o más temprano, termina por acomodarse en el intrincado rompecabezas de la literatura. El siguiente artículo es el fin de una largo y curioso recorrido que se originó en San Pablo en 1997, retrocedió a la Venecia de 1559, continuó en Frankfurt en 1593, de allí saltó a New York, se remontó nuevamente al pasado hasta llegar a Antuerpia en 1596, pasó por Ginebra en 1816, siguió en Copenhague y por fin me condujo, para decirlo literalmente, a la vuelta de mi casa, a un antiguo caserón del centro de Buenos Aires. Pero empecemos por el principio.
Hace algún tiempo el prestigioso ensayista italiano Contardo Calligaris publicó en Folha de Sao Paulo un extenso comentario sobre El anatomista. Relata en el artículo que leyó mi novela en Nueva York y que, movido por la curiosidad, se decidió a averiguar cuánto había de cierto y cuánto de ficción en torno al protagonista, Mateo Colón, y a su obra De re anatomica. Resuelve entonces visitar la Biblioteca de Nueva York donde accede a un ejemplar de la obra del anatomista cremonés; relata que, para su completa sorpresa, en un catálogo descriptivo de los libros impresos antes de 1956 en las bibliotecas de los Estados Unidos, se consigna la existencia de otro ejemplar de la misma obra en la biblioteca de Medicina de Washington. Según la reseña de este catálogo se trata de una edición tardía de 1593 hecha en Frankfurt. "En las páginas finales de esta copia, hay varias anotaciones manuscritas. Una, hecha en Antuérpia en 1596, con el título De Coitu. Otra, también en Antuérpia y en el mismo año, relata disecciones de cadáveres hechas según las recomendaciones de Colón." y aquí viene el escalofriante descubrimiento de Calligaris: "Estas notas están firmadas por un -verifiquen si quieren- doctor Frankenstein".
Meses más tarde tuve el privilegio de que el mismo Contardo Calligaris presentara El anatomista en Brasil. Durante el curso de aquel encuentro paulista conversamos largamente sobre su hallazgo y llegamos a establecer dos hipótesis: la primera, que quizá este ejemplar de la obra de Colón haya estado en manos de Mary Shelley, y que de él hubiera tomado el nombre del famoso médico romántico. La segunda: tal vez la historia misma que ella cuenta haya sido, en parte, verdadera y documentada en estas misteriosas anotaciones. Pero estas, desde luego, no son más que conjeturas que, ciertas o no, nos condenan al ingrato trabajo del sepulturero. Al fin y al cabo, abrir antiguos libros empolvados produce la misma espantosa inquietud que levantar la tapa de un olvidado sepulcro.
Sin siquiera sospecharlo por entonces, todas aquellas conjeturas iban a ser el comienzo de un artículo que más tarde mutaría en un cuento y, finalmente, habría de convertirse en mi segunda novela, Las piadosas. Tal como decía Baudelaire, la literatura es un palimpsesto, es decir, una serie escritos superpuestos sobre el fondo de una obra anterior. Esta certidumbre es la que invita a escribir, por cuanto nos revela que no existe el tan mentado fantasma de la hoja en blanco. Pero, por otra parte, también pone en evidencia que los escritores no somos más que un accidente entre dos textos.

Agosto, 2001

 
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